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viernes, 8 de mayo de 2026

El botón 4 004 (3.0.0)


   Esta versión 3.0.0 equivale a la primera de todas porque revertí todos los cambios que le había hecho al ensayo y lo dejé como estaba al 22-12-2008. Las versiones anteriores que registré acá, más otras que no registré porque ya pertenecían a "El botón 4 engordado", formaron parte del engorde y sus vaivenes. Así que ahora "El botón 4" volvió a decir esto:



Supongamos que tengo un aparato con botones. El botón 3 dice que el oprimirlo destruirá el aparato; el botón 4 dice que revocará la acción del botón 3. Si en verdad el botón 4 tiene ese poder, esta puede ser la n-ésima vez que se van a apretar los botones 3 y 4. Algunos creyentes del poder del botón 4 suelen invertir el razonamiento: la prueba de que tiene ese poder es que el aparato está ahí, recién revertido de una conflagración. (En el relato “El informe de Brodie”, de Borges, como prueba del poder de convertir hombres en hormigas que tenían sus hechiceros, un yahoo le señaló un hormiguero al misionero escosés David Brodie.)
Si el 4 no tiene ese poder, los dos botones necesariamente están esperando su debut. Si tampoco tiene el botón 3 un poder de destrucción, su farsa encubre o acompaña la del botón 4, que nunca se verá en la necesidad de probar que puede lo que no puede. Y si el botón 3 tiene ese poder (nada muy difícil de hacer: basta con poner un explosivo con un detonador), el botón 4 tendrá la ocasión (la obligación) de hacer una demostración de su poder.
El sentido común dice que el botón 4 no estará ahí cuando se lo necesite. Pero esto a un tipo de fe no lo convence y resuelve confiar en que el botón 4 sabrá arreglárselas, que por qué iba a haber hablado, si no. No obstante, tal vez prefiere no poner innecesariamente a prueba su fe ni arriesgarse apretando el botón 3. Pero un fanático podría pasar de la subestimación pasiva del poder del botón 3 a desear apretarlo, para probarles de una vez por todas a los incrédulos que el botón 4 no promete en falso.

miércoles, 29 de abril de 2026

El botón 4 003 (2.2.0)


   Acabo de decidir abrir otro ensayo actual y restituir la versión del 22-12-08. O dejar hasta acá los cambios hechos a "El botón 4" y a partir de acá hacer "El botón 4 engordado", con las líneas que quería seguir y me abstenía porque "El botón 4" tenía que mantener alguna brevedad. Ayer hice otros retoques a la última versión, que quedó así, que es como probablemente quede porque la use como la base del engorde:



Supongamos que tengo un aparato con botones. El botón 3 dice que destruirá el aparato; el botón 4 dice que revocará la acción del botón 3. Apretando primero el botón 4 no pasa nada, porque no tiene sentido: no puede haber revocación de la destrucción si no hubo destrucción; no hay nada que revocar. Si fuera el botón de Deshacer de un software, estaría en gris e inactivo: imposible deshacer sin haber hecho un cambio que se pueda deshacer.
Si en verdad el botón 4 tiene ese poder, esta puede ser la enésima vez que van a activarse los botones 3 y 4 (en ese orden, el único que tiene lógica, sea o no posible / cierta esa reversión temporal). Algunos creyentes del poder del botón 4 suelen invertir el razonamiento: la prueba de que tiene ese poder es que el aparato está ahí, recién revertido de una conflagración.*

En el relato “El informe de Brodie”, de Borges, como prueba del poder de convertir hombres en hormigas que tenían sus hechiceros, un yahoo le señaló un hormiguero al misionero escosés David Brodie.

Si el 4 no tiene ese poder pero el 3 sí tiene el suyo, los dos botones necesariamente están sin estrenar. Si tampoco tiene el botón 3 un poder de destrucción, su farsa encubre o acompaña la del botón 4, que nunca se verá en la necesidad de probar que puede lo que no puede. Y si el botón 3 tiene ese poder y efectivamente destruye el aparato (nada raro ni difícil de lograr), el botón 4 tendrá la ocasión –la obligación– de hacer una demostración de su poder.
A cualquiera le aceptarían su defunción como justificativo por haber incumplido un compromiso o un deber; al botón 4, no. Mal puede excusarse en haber sufrido una destrucción que ya estaba contemplada en la misión misma, justamente en calidad de objeto de la revocación prometida. ¿Cumplirá su promesa?
El sentido común dice que el botón 4 no estará ahí cuando se lo necesite. Pero esto a un tetrabotonista fiel no lo convence ni disuade; tiene una confianza ciega en que el botón 4 sabrá arreglárselas, que por qué iba a haber hablado, si no. No obstante, tal vez prefiera no poner a prueba su fe ni en riesgo su fortuna apretando el botón 3 del valiosísimo aparato (rompe paga). Pero un fanático del tetrabotonismo sí podría apretarlo, ansioso por probarles de una vez por todas a los incrédulos que el botón 4 no promete en falso.
Ahí está el aparato, entero: o todavía no actuó el fanático o ya actuó al menos una vez, y quizás muchas. El botón 4 puede no haber debutado, puede haber sólo debutado, puede ser ya un experto o puede estar en vías de serlo.

martes, 28 de abril de 2026

El botón 4 002 (2.1.0)




   Después de registrar los primeros cambios al ensayo desde diciembre del 2008 (ver acá), ayer le seguí haciendo algunos. Ahora se ve así:




Supongamos que tengo un aparato con botones. El botón 3 dice que destruirá el aparato; el botón 4 dice que revocará la acción del botón 3. Apretando primero el botón 4 no pasa nada, porque no tiene sentido: no puede haber revocación de la destrucción si no hubo destrucción; no hay nada que revocar. Si fuera el botón de Deshacer de un software, estaría en gris e inactivo: imposible deshacer sin haber hecho un cambio que se pueda deshacer.
Si en verdad el botón 4 tiene ese poder de reversión temporal, esta puede ser la enésima vez que van a activarse los botones 3 y 4 (en ese orden, el único que tiene lógica, sea o no posible / cierta esa reversión). Algunos creyentes del poder del botón 4 suelen invertir el razonamiento: la prueba de que tiene ese poder es que el aparato está ahí, recién revertido de una conflagración.*

En el relato “El informe de Brodie”, de Borges, como prueba del poder de convertir hombres en hormigas que tenían sus hechiceros, un yahoo le señaló un hormiguero al misionero escosés David Brodie.

Si el 4 no tiene ese poder pero el 3 sí tiene el suyo, los dos botones necesariamente están sin estrenar. Si tampoco tiene el botón 3 un poder de destrucción, su farsa encubre o acompaña la del botón 4, que nunca se verá en la necesidad de probar que puede lo que no puede. Y si el botón 3 tiene ese poder y efectivamente destruye el aparato (nada raro ni difícil de lograr), el botón 4 tendrá la ocasión –la obligación– de hacer una demostración de su poder.
El sentido común dice que el botón 4 no estará ahí cuando se lo necesite. Pero esto a un tetrabotonista de fe no lo convence ni disuade; tiene una confianza ciega en que el botón 4 sabrá arreglárselas, que por qué iba a haber hablado, si no. No obstante, tal vez prefiera no poner a prueba su fe ni en riesgo su fortuna apretando el botón 3 del valiosísimo aparato (rompe paga). Pero un fanático del tetrabotonismo sí podría apretarlo, ansioso por probarles de una vez por todas a los incrédulos que el botón 4 no promete en falso.
Ahí está el aparato, entero: o todavía no actuó el fanático o ya actuó al menos una vez, y quizás muchas veces. El botón 4 puede no haber debutado, puede haber sólo debutado, o puede ser ya un experto revocador.

lunes, 27 de abril de 2026

El boton 4 001 (2.0.0)




   El 26 volví de un cumpleaños con dos tandas de lecturas con ganas de releer "El botón 4", que podría haber leído pero no me decidí a pedirle un lugar en la segunda tanda al cumpleañero, que organizaba todo y presentaba a cada lector o lectora. Ya en casa, releí el ensayo y lo cambié un poco: le respeté la ausencia de sangría a comienzo de párrafo, pero le hice una separación de párrafos más parecida a las que hago ahora; y si bien no le cambié el sentido ni hubo "arrepentimientos" argumentales, le hice varios agregados y supresiones. Tal vez lo lea en el cumple del año que viene, para revivir un poco los momentos de lectura en los eventos de Medias y Sombreros. Hasta ayer (y muy probablemente desde su publicación, el 22-12-2008), el ensayo se veía así:



Supongamos que tengo un aparato con botones. El botón 3 dice que el oprimirlo destruirá el aparato; el botón 4 dice que revocará la acción del botón 3. Si en verdad el botón 4 tiene ese poder de reversión temporal, esta puede ser la n-ésima vez que se van a apretar los botones 3 y 4. Algunos creyentes del poder del botón 4 suelen invertir el razonamiento: la prueba de que tiene ese poder es que el aparato está ahí, recién revertido de otra conflagración. (En el relato “El informe de Brodie”, de Borges, como prueba del poder de convertir hombres en hormigas que tenían sus hechiceros, un yahoo le señaló un hormiguero al misionero escosés David Brodie.)
Si el 4 no tiene ese poder, los dos botones necesariamente están esperando su debut. Si tampoco tiene el botón 3 un poder de destrucción, su farsa encubre o acompaña la del botón 4, que nunca se verá en la necesidad de probar que puede lo que no puede. Y si el botón 3 tiene ese poder (nada muy difícil de hacer: basta con poner un explosivo con un detonador), el botón 4 tendrá la ocasión (la obligación) de hacer una demostración de su poder.
El sentido común dice que el botón 4 no estará ahí cuando se lo necesite. Esto a un tipo de fe no lo convence y resuelve confiar en que el botón 4 sabrá arreglárselas, que por qué iba a haber hablado, si no. No obstante, tal vez prefiere no poner innecesariamente a prueba su fe ni arriesgarse apretando el botón 3.
Pero un fanático podría pasar de la subestimación pasiva del poder del botón 3 a desear apretarlo, para probarles de una vez por todas a los incrédulos que el botón 4 no promete en falso.




   Ahora el ensayo quedó así:



Supongamos que tengo un aparato con botones. El botón 3 dice que destruirá el aparato; el botón 4 dice que revocará la acción del botón 3. Apretando primero el botón 4 no pasa nada, porque no tiene sentido: no puede haber revocación de la destrucción si no hubo destrucción; no hay nada que revocar. Si fuera el botón de Deshacer de un software, estaría en gris e inactivo: imposible deshacer sin haber hecho un cambio que se pueda deshacer.
Si en verdad el botón 4 tiene ese poder de reversión temporal, esta puede ser la n-ésima vez que se van a apretar los botones 3 y 4 (en ese orden, el único que tiene sentido, sea o no posible / cierta esa reversión). Algunos creyentes del poder del botón 4 suelen invertir el razonamiento: la prueba de que tiene ese poder es que el aparato está ahí, recién revertido de otra conflagración.*

En el relato “El informe de Brodie”, de Borges, como prueba del poder de convertir hombres en hormigas que tenían sus hechiceros, un yahoo le señaló un hormiguero al misionero escosés David Brodie.

Si el 4 no tiene ese poder y el 3 sí el suyo, los dos botones necesariamente están esperando su debut. Si tampoco tiene el botón 3 un poder de destrucción, su farsa encubre o acompaña la del botón 4, que nunca se verá en la necesidad de probar que puede lo que no puede. Y si el botón 3 tiene ese poder y efectivamente destruye el aparato (nada raro ni difícil de lograr), el botón 4 tendrá la ocasión –la obligación– de hacer una demostración de su poder.
El sentido común dice que el botón 4 no estará ahí cuando se lo necesite. Esto no disuade a una persona de fe, que resuelve confiar en que el botón 4 sabrá arreglárselas, que por qué iba a haber hablado, si no. No obstante, tal vez prefiera no poner a prueba su fe ni en riesgo su fortuna apretando el botón 3 del valiosísimo aparato (rompe paga).
Pero un fanático podría apretarlo, para probarles de una vez por todas a los incrédulos que el botón 4 no promete en falso. Ahí está el aparato: o todavía no actuó el fanático o ya actuó más de una vez, quizás innumerables veces. El botón 4 puede no haber debutado o puede ser ya un experto revocador.

sábado, 14 de octubre de 2023

Mensajeros 001 (1.0.0)



Ayer 13/10 agregué algunas cosas al ensayo publicado anteayer, que se compone de un desprendimiento de “Entusiasmos XV (El planeta de los deseos)” y unas extracciones de “Ante las interpretaciones”. Antes el ensayo decía esto:



1.



After Hours (1985), de Martin Scorsese.

   El relato de Kafka “Ante la ley” y el debate que le sigue están en el penúltimo capítulo de la novela El proceso (Buenos Aires, Colihue, 2005; traducción de Miguel Vedda). En la nota 63, página 231, Vedda escribe que la palabra alemana Türhüter «designa al encargado de vigilar una puerta». Es la función que cumple Mott, el patovica del club Berlín, en la película kafkiana After Hours, donde se recrea parte del diálogo entre el guardián y el hombre de campo.
Disclaimer. El párrafo que sigue proviene, con pocos retoques, de la sección 1 de “Ante las interpretaciones”. El párrafo anterior también viene de esa sección, precedida por ese epígrafe de Scorsese, pero con más retoques y entresacando a Mott de una trama con otros porteros.

   El ingreso al Berlín que consigue Paul no cuenta: termina saliendo con más ganas de las que tuvo para entrar y sin haber cumplido el objetivo de entregar su mensaje. Le pasa lo que le pasará al mensajero de “Un mensaje imperial”, pero sin sus inmensidades ni muchedumbres inatravesables: a Paul, que se abre paso a través de la multitud punk hasta que lo recapturan, lo frustra la combinación –también kafkiana– de una distancia corta y un volumen alto.
   En la escena se sincretizan los dos relatos de Kafka: en lugar de un hombre de campo pidiendo pasar, hay un mensajero; en lugar de una densa vastedad impidiéndolo, hay un guardián. Scorsese supo emular sin imitar, homenajear sin copiar.

2.

   Kafka sube la apuesta de gajes del oficio en su relato “Mensajeros” (en Parábolas y paradojas, Editorial Fraterna, Buenos Aires, 1979, página 81; traducción de Gustavo A. Baum):
«Se les dio a elegir: podían convertirse en reyes o en los mensajeros de los reyes. Niños, eligieron como niños: todos quisieron ser mensajeros. Por consiguiente, sólo existen mensajeros que corren por el mundo, gritándose uno a otro, puesto que no existen reyes, mensajes que carecen de sentido. Estos mensajeros querrían poner fin a esta existencia miserable, pero no se atreven a hacerlo a causa de sus juramentos profesionales.»
   Parece uno de esos juegos infantiles de acordar las líneas gruesas de una aventura y los roles de cada quien:
~¿Dale que yo era un mensajero del rey y vos eras un rey?
–No, los reyes no hacen nada. Solamente tienen que esperar el mensaje. Es más divertido ser mensajero y correr por todos lados y gritar.
--Yo también quiero ser mensajero.
—¡Mensajero, canté!
   Es como si en un poliladron todos pudieran elegir y eligieran ser ladrones, o todos policías. Si no perseguís a nadie ni hay nadie que te persiga, no hay persecución y el juego pierde sentido.
   En “Mensajeros”, la responsabilidad del cargo sobrevive al sentido del servicio, que muere cuando se cumple que para bailar un tango se necesitan dos. Los mensajeros que «querrían poner fin a esta existencia miserable, pero no se atreven a hacerlo a causa de sus juramentos profesionales», serán como el esqueleto en el armario del que se quedó jugando a las escondidas cuando ya nadie lo buscaba.
   La elección que hicieron todos (mensajero) los dejó sin sentido del juego (sin reyes meta); el deber los hace jugar aunque no tenga sentido.

3.

   Hasta al guardián de “Ante la ley” le fue mejor; al menos pudo retirarse cuando su servicio perdió sentido, una vez muerto el destinatario de la puerta que custodiaba.
   Por su parte, el mensajero imperial tiene una misión exorbitante, imposible en la práctica, pero conceptualmente consistente, no absurda. De hecho, es una misión aún en curso, por vanas que sepamos la tentativa inquebrantable del mejor mensajero y la espera tenaz del destinatario, «el más miserable de sus súbditos, la sombra que ha huido a la más distante lejanía».
   Un destinatario muere y el otro morirá, ambos esperando: uno un permiso, el otro un mensaje, ambos un contacto con un poder en la mayor de las asimetrías: uno, un acceso a la Ley (Mahoma quiere y no logra ir a la montaña); el otro, una entrega del emperador (la montaña quiere y no logra ir a Mahoma).




Ahora el ensayo dice así:





1.



After Hours (1985), de Martin Scorsese.

   El relato de Kafka “Ante la ley” y el debate que le sigue están en el penúltimo capítulo de la novela El proceso (Buenos Aires, Colihue, 2005; traducción de Miguel Vedda). En la nota 63, página 231, Vedda escribe que la palabra alemana Türhüter «designa al encargado de vigilar una puerta». Es la función que cumple Mott, el patovica del club Berlín, en la película kafkiana After Hours, donde se recrea parte del diálogo entre el guardián y el hombre de campo.

Disclaimer

   El párrafo que sigue proviene, con pocos retoques, de la sección 1 de “Ante las interpretaciones”. El párrafo anterior también viene de esa sección, precedida por ese epígrafe de Scorsese, pero con más retoques y destilando a Mott de una trama de puerteros (los otros son el guardián reversionado de “Ante la ley” y el Lacayo Rana de Alicia en el país de las maravillas).
   ¿Por qué la destilación? Porque ya desde el título, el interés de este ensayo por la escena de After hours no está puesto en Mott ni en su oficio, sino en Paul como mensajero, en trama con otros mensajeros de dos relatos más de Kafka (de uno ya escribí otras veces, empezando por “La tragedia kafkiana”; del otro será la primera vez que escriba).

   El ingreso al Berlín que consigue Paul no cuenta: termina saliendo con más ganas de las que tuvo para entrar y sin haber cumplido el objetivo de entregar su mensaje. Le pasa lo que le pasará al mensajero de “Un mensaje imperial”, pero sin sus inmensidades ni muchedumbres inatravesables: a Paul, que se abre paso a través de la multitud punk hasta que lo recapturan, lo frustra la combinación –también kafkiana– de una distancia corta y un volumen alto.
   En la escena se sincretizan los dos relatos de Kafka: en lugar de un hombre de campo pidiendo pasar, hay un mensajero; en lugar de una densa vastedad impidiéndolo, hay un guardián. Scorsese supo emular sin imitar, homenajear sin copiar.

2.

   Pasemos de ilusos a ilusorios. Kafka sube la apuesta de gajes del oficio postal en su relato “Mensajeros” (en Parábolas y paradojas, Editorial Fraterna, Buenos Aires, 1979, página 81; traducción de Gustavo A. Baum):
«Se les dio a elegir: podían convertirse en reyes o en los mensajeros de los reyes. Niños, eligieron como niños: todos quisieron ser mensajeros. Por consiguiente, sólo existen mensajeros que corren por el mundo, gritándose uno a otro, puesto que no existen reyes, mensajes que carecen de sentido. Estos mensajeros querrían poner fin a esta existencia miserable, pero no se atreven a hacerlo a causa de sus juramentos profesionales.»
   Parece uno de esos juegos infantiles de acordar las líneas gruesas de una aventura y los roles de cada quien:
~¿Dale que yo era un mensajero del rey y vos eras un rey?
–No, los reyes no hacen nada. Solamente tienen que esperar el mensaje. Es más divertido ser mensajero y correr por todos lados y gritar.
--Yo también quiero ser mensajero.
—¡MENSAJERO, CANTÉ!
   Es como si en un poliladron todos pudieran elegir y eligieran ser ladrones, o todos policías. Si no perseguís a nadie ni hay nadie que te persiga, no hay persecución y el juego pierde sentido.
   En “Mensajeros”, la responsabilidad del cargo sobrevive al sentido del servicio, que muere cuando se cumple que para bailar un tango se necesitan dos. Los mensajeros que «querrían poner fin a esta existencia miserable, pero no se atreven a hacerlo a causa de sus juramentos profesionales», serán como el esqueleto en el armario del que se quedó jugando a las escondidas cuando ya nadie lo buscaba.
   Al menos murió esperanzado; engañado, pero esperanzado; los mensajeros reales sin reyes no se engañan respecto de su situación y no tienen esperanza de salir si incumplir un deber nunca es una opción.
   Permaneciendo en su escondite y en silencio, el jugador inclaudicable está tan solo como los mensajeros que cambian todo el tiempo de ubicación, que “corren por el mundo, gritándose uno a otro, puesto que no existen reyes, mensajes que carecen de sentido”, movidos por un deber incumplible e irrenunciable.
   La soledad ambulante de los mensajeros me recuerda la del viajero que canta Cerati:
   ♪♫ Nadie me vio partir,
   lo śe, nadie me espera.
♫♪
   Así aislados, puede haber al menos dos maneras de interpretar esos dos heptasílabos.
    Interpretación de 1 extremo (o de la vuelta): si “nadie me espera” acá, en el origen del viaje, es porque “nadie me vio partir”; si no saben que me fui, mal pueden esperarme.
    Interpretación de 2 extremos (o de la ida): si “nadie me espera” allá, en el destino del viaje, mi arribo será tan solitario y anónimo como fue mi partida.
   La elección de mensajero real que hicieron todos los dejó sin sentido del juego, a falta de destinatarios reales. Si aun así el deber los hace jugar, la estrategia es rígida: no tiene la flexibilidad de apagarse cuando sus jugadas carecen de sentido (como no la tuvo el escondido para dar por terminado el juego ni la patrulla perdida para dar por terminada la guerra).
   Moraleja: no gastes al pedo la energía de un deber: no se la apliques a un imposible, como el de hacerle llegar un mensaje a quien no existe (que es estar ausente de todos los sitios, incluyendo aquellos donde pueda buscar un mensajero).

3.

   Hasta al guardián de “Ante la ley” le fue mejor; al menos pudo retirarse cuando su servicio perdió sentido, una vez muerto el destinatario de la puerta que custodiaba.
   Por su parte, el mensajero imperial tiene una misión exorbitante, imposible en la práctica, pero conceptualmente consistente, no absurda. De hecho, es una misión aún en curso, por vanas que sepamos la tentativa inquebrantable del mejor mensajero y la espera tenaz del destinatario, «el más miserable de sus súbditos, la sombra que ha huido a la más distante lejanía».
   Un destinatario muere y el otro morirá, ambos esperando: uno un permiso, el otro un mensaje, ambos un contacto con un poder en la mayor de las asimetrías: uno, un acceso a la Ley (Mahoma quiere y no logra ir a la montaña); el otro, una entrega del emperador (la montaña quiere y no logra ir a Mahoma).