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lunes, 27 de abril de 2026

El boton 4 001 (2.0.0)




   El 26 volví de un cumpleaños con dos tandas de lecturas con ganas de releer "El botón 4", que podría haber leído pero no me decidí a pedirle un lugar en la segunda tanda al cumpleañero, que organizaba todo y presentaba a cada lector o lectora. Ya en casa, releí el ensayo y lo cambié un poco: le respeté la ausencia de sangría a comienzo de párrafo, pero le hice una separación de párrafos más parecida a las que hago ahora; y si bien no le cambié el sentido ni hubo "arrepentimientos" argumentales, le hice varios agregados y supresiones. Tal vez lo lea en el cumple del año que viene, para revivir un poco los momentos de lectura en los eventos de Medias y Sombreros. Hasta ayer (y muy probablemente desde su publicación, el 22-12-2008), el ensayo se veía así:



Supongamos que tengo un aparato con botones. El botón 3 dice que el oprimirlo destruirá el aparato; el botón 4 dice que revocará la acción del botón 3. Si en verdad el botón 4 tiene ese poder de reversión temporal, esta puede ser la n-ésima vez que se van a apretar los botones 3 y 4. Algunos creyentes del poder del botón 4 suelen invertir el razonamiento: la prueba de que tiene ese poder es que el aparato está ahí, recién revertido de otra conflagración. (En el relato “El informe de Brodie”, de Borges, como prueba del poder de convertir hombres en hormigas que tenían sus hechiceros, un yahoo le señaló un hormiguero al misionero escosés David Brodie.)
Si el 4 no tiene ese poder, los dos botones necesariamente están esperando su debut. Si tampoco tiene el botón 3 un poder de destrucción, su farsa encubre o acompaña la del botón 4, que nunca se verá en la necesidad de probar que puede lo que no puede. Y si el botón 3 tiene ese poder (nada muy difícil de hacer: basta con poner un explosivo con un detonador), el botón 4 tendrá la ocasión (la obligación) de hacer una demostración de su poder.
El sentido común dice que el botón 4 no estará ahí cuando se lo necesite. Esto a un tipo de fe no lo convence y resuelve confiar en que el botón 4 sabrá arreglárselas, que por qué iba a haber hablado, si no. No obstante, tal vez prefiere no poner innecesariamente a prueba su fe ni arriesgarse apretando el botón 3.
Pero un fanático podría pasar de la subestimación pasiva del poder del botón 3 a desear apretarlo, para probarles de una vez por todas a los incrédulos que el botón 4 no promete en falso.




   Ahora el ensayo quedó así:



Supongamos que tengo un aparato con botones. El botón 3 dice que destruirá el aparato; el botón 4 dice que revocará la acción del botón 3. Apretando primero el botón 4 no pasa nada, porque no tiene sentido: no puede haber revocación de la destrucción si no hubo destrucción; no hay nada que revocar. Si fuera el botón de Deshacer de un software, estaría en gris e inactivo: imposible deshacer sin haber hecho un cambio que se pueda deshacer.
Si en verdad el botón 4 tiene ese poder de reversión temporal, esta puede ser la n-ésima vez que se van a apretar los botones 3 y 4 (en ese orden, el único que tiene sentido, sea o no posible / cierta esa reversión). Algunos creyentes del poder del botón 4 suelen invertir el razonamiento: la prueba de que tiene ese poder es que el aparato está ahí, recién revertido de otra conflagración.*

En el relato “El informe de Brodie”, de Borges, como prueba del poder de convertir hombres en hormigas que tenían sus hechiceros, un yahoo le señaló un hormiguero al misionero escosés David Brodie.

Si el 4 no tiene ese poder y el 3 sí el suyo, los dos botones necesariamente están esperando su debut. Si tampoco tiene el botón 3 un poder de destrucción, su farsa encubre o acompaña la del botón 4, que nunca se verá en la necesidad de probar que puede lo que no puede. Y si el botón 3 tiene ese poder y efectivamente destruye el aparato (nada raro ni difícil de lograr), el botón 4 tendrá la ocasión –la obligación– de hacer una demostración de su poder.
El sentido común dice que el botón 4 no estará ahí cuando se lo necesite. Esto no disuade a una persona de fe, que resuelve confiar en que el botón 4 sabrá arreglárselas, que por qué iba a haber hablado, si no. No obstante, tal vez prefiera no poner a prueba su fe ni en riesgo su fortuna apretando el botón 3 del valiosísimo aparato (rompe paga).
Pero un fanático podría apretarlo, para probarles de una vez por todas a los incrédulos que el botón 4 no promete en falso. Ahí está el aparato: o todavía no actuó el fanático o ya actuó más de una vez, quizás innumerables veces. El botón 4 puede no haber debutado o puede ser ya un experto revocador.

sábado, 14 de octubre de 2023

Mensajeros 001 (1.0.0)



Ayer 13/10 agregué algunas cosas al ensayo publicado anteayer, que se compone de un desprendimiento de “Entusiasmos XV (El planeta de los deseos)” y unas extracciones de “Ante las interpretaciones”. Antes el ensayo decía esto:



1.



After Hours (1985), de Martin Scorsese.

   El relato de Kafka “Ante la ley” y el debate que le sigue están en el penúltimo capítulo de la novela El proceso (Buenos Aires, Colihue, 2005; traducción de Miguel Vedda). En la nota 63, página 231, Vedda escribe que la palabra alemana Türhüter «designa al encargado de vigilar una puerta». Es la función que cumple Mott, el patovica del club Berlín, en la película kafkiana After Hours, donde se recrea parte del diálogo entre el guardián y el hombre de campo.
Disclaimer. El párrafo que sigue proviene, con pocos retoques, de la sección 1 de “Ante las interpretaciones”. El párrafo anterior también viene de esa sección, precedida por ese epígrafe de Scorsese, pero con más retoques y entresacando a Mott de una trama con otros porteros.

   El ingreso al Berlín que consigue Paul no cuenta: termina saliendo con más ganas de las que tuvo para entrar y sin haber cumplido el objetivo de entregar su mensaje. Le pasa lo que le pasará al mensajero de “Un mensaje imperial”, pero sin sus inmensidades ni muchedumbres inatravesables: a Paul, que se abre paso a través de la multitud punk hasta que lo recapturan, lo frustra la combinación –también kafkiana– de una distancia corta y un volumen alto.
   En la escena se sincretizan los dos relatos de Kafka: en lugar de un hombre de campo pidiendo pasar, hay un mensajero; en lugar de una densa vastedad impidiéndolo, hay un guardián. Scorsese supo emular sin imitar, homenajear sin copiar.

2.

   Kafka sube la apuesta de gajes del oficio en su relato “Mensajeros” (en Parábolas y paradojas, Editorial Fraterna, Buenos Aires, 1979, página 81; traducción de Gustavo A. Baum):
«Se les dio a elegir: podían convertirse en reyes o en los mensajeros de los reyes. Niños, eligieron como niños: todos quisieron ser mensajeros. Por consiguiente, sólo existen mensajeros que corren por el mundo, gritándose uno a otro, puesto que no existen reyes, mensajes que carecen de sentido. Estos mensajeros querrían poner fin a esta existencia miserable, pero no se atreven a hacerlo a causa de sus juramentos profesionales.»
   Parece uno de esos juegos infantiles de acordar las líneas gruesas de una aventura y los roles de cada quien:
~¿Dale que yo era un mensajero del rey y vos eras un rey?
–No, los reyes no hacen nada. Solamente tienen que esperar el mensaje. Es más divertido ser mensajero y correr por todos lados y gritar.
--Yo también quiero ser mensajero.
—¡Mensajero, canté!
   Es como si en un poliladron todos pudieran elegir y eligieran ser ladrones, o todos policías. Si no perseguís a nadie ni hay nadie que te persiga, no hay persecución y el juego pierde sentido.
   En “Mensajeros”, la responsabilidad del cargo sobrevive al sentido del servicio, que muere cuando se cumple que para bailar un tango se necesitan dos. Los mensajeros que «querrían poner fin a esta existencia miserable, pero no se atreven a hacerlo a causa de sus juramentos profesionales», serán como el esqueleto en el armario del que se quedó jugando a las escondidas cuando ya nadie lo buscaba.
   La elección que hicieron todos (mensajero) los dejó sin sentido del juego (sin reyes meta); el deber los hace jugar aunque no tenga sentido.

3.

   Hasta al guardián de “Ante la ley” le fue mejor; al menos pudo retirarse cuando su servicio perdió sentido, una vez muerto el destinatario de la puerta que custodiaba.
   Por su parte, el mensajero imperial tiene una misión exorbitante, imposible en la práctica, pero conceptualmente consistente, no absurda. De hecho, es una misión aún en curso, por vanas que sepamos la tentativa inquebrantable del mejor mensajero y la espera tenaz del destinatario, «el más miserable de sus súbditos, la sombra que ha huido a la más distante lejanía».
   Un destinatario muere y el otro morirá, ambos esperando: uno un permiso, el otro un mensaje, ambos un contacto con un poder en la mayor de las asimetrías: uno, un acceso a la Ley (Mahoma quiere y no logra ir a la montaña); el otro, una entrega del emperador (la montaña quiere y no logra ir a Mahoma).




Ahora el ensayo dice así:





1.



After Hours (1985), de Martin Scorsese.

   El relato de Kafka “Ante la ley” y el debate que le sigue están en el penúltimo capítulo de la novela El proceso (Buenos Aires, Colihue, 2005; traducción de Miguel Vedda). En la nota 63, página 231, Vedda escribe que la palabra alemana Türhüter «designa al encargado de vigilar una puerta». Es la función que cumple Mott, el patovica del club Berlín, en la película kafkiana After Hours, donde se recrea parte del diálogo entre el guardián y el hombre de campo.

Disclaimer

   El párrafo que sigue proviene, con pocos retoques, de la sección 1 de “Ante las interpretaciones”. El párrafo anterior también viene de esa sección, precedida por ese epígrafe de Scorsese, pero con más retoques y destilando a Mott de una trama de puerteros (los otros son el guardián reversionado de “Ante la ley” y el Lacayo Rana de Alicia en el país de las maravillas).
   ¿Por qué la destilación? Porque ya desde el título, el interés de este ensayo por la escena de After hours no está puesto en Mott ni en su oficio, sino en Paul como mensajero, en trama con otros mensajeros de dos relatos más de Kafka (de uno ya escribí otras veces, empezando por “La tragedia kafkiana”; del otro será la primera vez que escriba).

   El ingreso al Berlín que consigue Paul no cuenta: termina saliendo con más ganas de las que tuvo para entrar y sin haber cumplido el objetivo de entregar su mensaje. Le pasa lo que le pasará al mensajero de “Un mensaje imperial”, pero sin sus inmensidades ni muchedumbres inatravesables: a Paul, que se abre paso a través de la multitud punk hasta que lo recapturan, lo frustra la combinación –también kafkiana– de una distancia corta y un volumen alto.
   En la escena se sincretizan los dos relatos de Kafka: en lugar de un hombre de campo pidiendo pasar, hay un mensajero; en lugar de una densa vastedad impidiéndolo, hay un guardián. Scorsese supo emular sin imitar, homenajear sin copiar.

2.

   Pasemos de ilusos a ilusorios. Kafka sube la apuesta de gajes del oficio postal en su relato “Mensajeros” (en Parábolas y paradojas, Editorial Fraterna, Buenos Aires, 1979, página 81; traducción de Gustavo A. Baum):
«Se les dio a elegir: podían convertirse en reyes o en los mensajeros de los reyes. Niños, eligieron como niños: todos quisieron ser mensajeros. Por consiguiente, sólo existen mensajeros que corren por el mundo, gritándose uno a otro, puesto que no existen reyes, mensajes que carecen de sentido. Estos mensajeros querrían poner fin a esta existencia miserable, pero no se atreven a hacerlo a causa de sus juramentos profesionales.»
   Parece uno de esos juegos infantiles de acordar las líneas gruesas de una aventura y los roles de cada quien:
~¿Dale que yo era un mensajero del rey y vos eras un rey?
–No, los reyes no hacen nada. Solamente tienen que esperar el mensaje. Es más divertido ser mensajero y correr por todos lados y gritar.
--Yo también quiero ser mensajero.
—¡MENSAJERO, CANTÉ!
   Es como si en un poliladron todos pudieran elegir y eligieran ser ladrones, o todos policías. Si no perseguís a nadie ni hay nadie que te persiga, no hay persecución y el juego pierde sentido.
   En “Mensajeros”, la responsabilidad del cargo sobrevive al sentido del servicio, que muere cuando se cumple que para bailar un tango se necesitan dos. Los mensajeros que «querrían poner fin a esta existencia miserable, pero no se atreven a hacerlo a causa de sus juramentos profesionales», serán como el esqueleto en el armario del que se quedó jugando a las escondidas cuando ya nadie lo buscaba.
   Al menos murió esperanzado; engañado, pero esperanzado; los mensajeros reales sin reyes no se engañan respecto de su situación y no tienen esperanza de salir si incumplir un deber nunca es una opción.
   Permaneciendo en su escondite y en silencio, el jugador inclaudicable está tan solo como los mensajeros que cambian todo el tiempo de ubicación, que “corren por el mundo, gritándose uno a otro, puesto que no existen reyes, mensajes que carecen de sentido”, movidos por un deber incumplible e irrenunciable.
   La soledad ambulante de los mensajeros me recuerda la del viajero que canta Cerati:
   ♪♫ Nadie me vio partir,
   lo śe, nadie me espera.
♫♪
   Así aislados, puede haber al menos dos maneras de interpretar esos dos heptasílabos.
    Interpretación de 1 extremo (o de la vuelta): si “nadie me espera” acá, en el origen del viaje, es porque “nadie me vio partir”; si no saben que me fui, mal pueden esperarme.
    Interpretación de 2 extremos (o de la ida): si “nadie me espera” allá, en el destino del viaje, mi arribo será tan solitario y anónimo como fue mi partida.
   La elección de mensajero real que hicieron todos los dejó sin sentido del juego, a falta de destinatarios reales. Si aun así el deber los hace jugar, la estrategia es rígida: no tiene la flexibilidad de apagarse cuando sus jugadas carecen de sentido (como no la tuvo el escondido para dar por terminado el juego ni la patrulla perdida para dar por terminada la guerra).
   Moraleja: no gastes al pedo la energía de un deber: no se la apliques a un imposible, como el de hacerle llegar un mensaje a quien no existe (que es estar ausente de todos los sitios, incluyendo aquellos donde pueda buscar un mensajero).

3.

   Hasta al guardián de “Ante la ley” le fue mejor; al menos pudo retirarse cuando su servicio perdió sentido, una vez muerto el destinatario de la puerta que custodiaba.
   Por su parte, el mensajero imperial tiene una misión exorbitante, imposible en la práctica, pero conceptualmente consistente, no absurda. De hecho, es una misión aún en curso, por vanas que sepamos la tentativa inquebrantable del mejor mensajero y la espera tenaz del destinatario, «el más miserable de sus súbditos, la sombra que ha huido a la más distante lejanía».
   Un destinatario muere y el otro morirá, ambos esperando: uno un permiso, el otro un mensaje, ambos un contacto con un poder en la mayor de las asimetrías: uno, un acceso a la Ley (Mahoma quiere y no logra ir a la montaña); el otro, una entrega del emperador (la montaña quiere y no logra ir a Mahoma).


viernes, 22 de septiembre de 2023

Entusiasmos XV 033 (9.2.1)




Ayer, 21/9/23, además de algunos retoques, eliminaciones y sustituciones, agregué 3 párrafos en el final del ensayo y reubiqué otros 3.



[...]

   La lógica de los androides está lejos de la proporción más funcional de rigidez y flexibilidad, como la que debe tener la aleación de bronce y hierro cobre y estaño de las campanas de bronce (o la de colágeno y calcio de los huesos) para que no se quiebren fácilmente. O como «el equilibrio entre exactitud y errores en la reproducción» de nuestro ADN: «Si hay demasiados errores, el organismo no puede funcionar; pero si hay demasiado pocos, lo que se sacrifica es la capacidad de adaptación» (Bill Bryson, Una breve historia de casi todo, Del Nuevo Extremo, Buenos Aires, 2007). El mismo sacrificio hacen los hiperlógicos androides y Spock. La primera escena del episodio termina con una discusión sobre esas proporciones:


   No soy quién para criticar la puntería que tuvo con Norman el detector de otredades McCoy, a pesar de que apuntó guiado por argumentos que “tienen muy graves defectos de orden lógico”. Puede parecer que también hizo un Homero, pero McCoy respondería que “para evaluar a un hombre no basta la lógica”: hace falta también la impresión, la intuición, la simpatía, la sensación o como gustes llamar al otro ingrediente –el no racional– de la aleación humana, del que carecen los no humanos androides y vulcanianos, a diferencia de los no humanos animales.
   Sin querer (pero dándose cuenta al terminar), McCoy describe la sociabilidad de Spock describiendo la del sospechoso Norman. Más adelante, a los 14'01'', el emperador Mudd los igualará por la manera de hablar: “Spock, será feliz; aquí todos hablan a su estilo”. Y como ya vimos, en el contrapunto cercano al final del episodio, a los 44'15'', McCoy igualará explícitamente a Spock con los androides por sus a los androides con Spock porque tienen “mentes muy parecidas a la suya: lógicas, sin emoción, por completo pragmáticas”.
   La completitud lógica y la ausencia de emoción se implican recíprocamente; el 0% de una es el 100% de la otra: “de esa emoción humana no tengo el más mínimo conocimiento”, le responde Spock cuando McCoy lo supone triste por tener que partir, ya que “volverá a verse en medio de los ilógicos seres humanos”.
   La completitud lógico-pragmática implica la ausencia de emoción; el 100% de una es el 0% de la otra: “de esa emoción humana no tengo el más mínimo conocimiento”, le responde Spock cuando McCoy lo supone triste por tener que dejar el planeta de los seres lógicos, ya que en el Enterprise “volverá a verse en medio de los ilógicos seres humanos”.
   Otro ingrediente de la aleación humana presente en no humanos animales y ausente en no humanos artificiales es la sensibilidad sexual. A Spock se lo caracteriza también con esta otra ausencia, que si no es subsidiaria es complementaria de la de emoción. Recordemos el diálogo entre él y Mudd después de la presentación de las 500 Alicias:
Spock --Quinientas del mismo modelo. Me parece bastante extraño.
Mudd -Tengo especial predilección por este modelo en particular, señor Spock, que usted... por desgracia, no está preparado para apreciar.
   A mis 15 ya estaba preparado para apreciar la predilección de Mudd. Algo así no pudo haberle pasado a sus 15 a Spock ni a ninguno de los 207.807 androides. No les queda espacio en su identidad para esa apreciación. En una identidad, 100% puede haber de una sola cosa (de razón o logicidad, en los casos vulcanianos y artificiales); 0% puede haber de más de una, como en estos casos un 0% de emoción y un 0% de sensibilidad sexual (decirle sexoafectiva la humanizaría más, o sea, la separaría más de lo animal, un reino que con sexual está más cómodo).
   Cuando Norman da el fundamento para no permitirles a los humanos viajar por la galaxia y para imponerles su ayuda (“Su especie es autodestructiva, y por eso necesita nuestra ayuda”), Kirk le contesta: “Fallamos por ser humanos; es posible que esa palabra nos defina mejor”. No me queda claro cuál es “esa palabra”. Si es “humano”, es tautológico; si es “fallamos”, no: sería una variante de Errar es humano (parece la premisa mayor de un silogismo que tiene por conclusión Tusam es humano).
   A mis 15 ya estaba preparado para apreciar la predilección de Mudd. Algo así no pudo haberle pasado a sus 15 a Spock ni a ninguno de los 207.807 androides.
   Pero tal vez lo que nos defina mejor no sea fallar, sino lo que usamos al fallar, que incluye sensibilidades emocionales y sexuales que son imitables pero inexperimentables para los androides imaginados en 1967 y para las IA del 2023. No cualquier forma de fallar es humana; fallar no humanamente te delata más que no sangrar o no poder doblar el meñique.
Cuando Norman da el fundamento para no permitirles...
   Siguiendo al filósofo de La Colifata, si lo lógico –que incluye lo racional y lo razonante– tiene su porcentaje y lo razonable tiene el suyo porque son ingredientes distintos de la aleación, con 100% del primero, que es la lógica del sentido, sólo puede haber 0% del segundo, que es el sentido común, cuya (ausencia por) pérdida es para Garcés la locura.
Pero tal vez lo que nos defina mejor no sea fallar, sino lo que usamos al fallar...
   Los androides nunca tuvieron el sentido común que los locos perdieron. Es una carencia de origen que siempre procuran que no se note, aunque no siempre lo logren. No siempre lo racional y lo razonante, incluso al 100%, pueden disimular la falta de lo razonable, o sea, la locura, la insensatez o la estupidez. Las tres son malos desempeños en la interacción con el mundo, jugadas ruinosas en el juego social.
   En la primera escena del episodio, McCoy justifica su primera impresión sobre Norman, que está a bordo hace sólo 72 horas, por lo que considera tres anomalías sociales, tres exclusiones (sonrisa, temas personales, pasado) que le caben también a Spock: “Algo malo debe haber en un hombre que jamás sonríe, que conversa exclusivamente sobre temas del trabajo y que no habla sobre su pasado”.
   En algunos casos, ChatGPT Algo similar podría decirse de ChatGPT, que a veces tiene una estupidez inhumana; comete ciertos errores que ningún humano cometería (como un estudiante inicial de una lengua extranjera comete ciertos algunos errores que ningún hablante nativo cometería). Pero esos errores no se deben a la falta de una sensibilidad para las emociones o para la sexualidad, como pueden podrían deberse los de Spock y los de androides. Más bien parecen errores por falta de sentido común. O en todo caso: un humano que cometiera esos errores sufriría una falta grave de sentido común.

jueves, 21 de septiembre de 2023

Entusiasmos XV 032 (9.2.0)



Ayer, 20/9/23, seguí trabajando la última sección del ensayo, a la que le agregué nuevos 7 párrafos finales, que igual debería retocar.



[...]

   No soy quién para criticar la puntería que tuvo con Norman el detector de otredades McCoy, a pesar de que apuntó guiado por argumentos que “tienen muy graves defectos de orden lógico”. Puede parecer que también hizo un Homero, pero McCoy respondería que “para evaluar a un hombre no basta la lógica”: hace falta también la impresión, la intuición, la simpatía, la sensación o como gustes llamar al otro ingrediente –el no racional– de la aleación humana, del que carecen los no humanos (los androides y el vulcaniano Spock) androides y vulcanianos, a diferencia de los no humanos animales.
   Sin querer (pero dándose cuenta al terminar), McCoy describe la sociabilidad de Spock describiendo la del sospechoso Norman. Más adelante, a los 14'01'', el emperador Mudd los igualará por la manera de hablar: “Spock, será feliz; aquí todos hablan a su estilo”. Y como ya vimos, en el contrapunto cercano al final del episodio, a los 44'15'', McCoy igualará explícitamente a Spock con los androides por sus “mentes muy parecidas a la suya: lógicas, sin emoción, por completo pragmáticas” (“de esa emoción humana no tengo el más mínimo conocimiento”, le responde Spock cuando McCoy lo supone triste por tener que partir, ya que “volverá a verse en medio de los ilógicos seres humanos”).
   La completitud lógica y la ausencia de emoción se implican recíprocamente; el 0% de una es el 100% de la otra: “de esa emoción humana no tengo el más mínimo conocimiento”, le responde Spock cuando McCoy lo supone triste por tener que partir, ya que “volverá a verse en medio de los ilógicos seres humanos”.
   Otro ingrediente de la aleación humana presente en no humanos animales y ausente en no humanos artificiales es la sensibilidad sexual. A Spock se lo caracteriza también con esta otra ausencia, que si no es subsidiaria es complementaria de la de emoción. Recordemos el diálogo entre él y Mudd después de la presentación de las 500 Alicias:
Spock --Quinientas del mismo modelo. Me parece bastante extraño.
Mudd -Tengo especial predilección por este modelo en particular, señor Spock, que usted... por desgracia, no está preparado para apreciar.
   En una identidad, 100% puede haber de una sola cosa (de razón o logicidad, en los casos vulcanianos y artificiales); 0% puede haber de más de una, como en estos casos un 0% de emoción y un 0% de sensibilidad sexual (decirle sexoafectiva la humanizaría más, o sea, la separaría más de lo animal, un reino que con sexual está más cómodo).
   A mis 15 ya estaba preparado para apreciar la predilección de Mudd. Algo así no pudo haberle pasado a sus 15 a Spock ni a ninguno de los 207.807 androides.
   Cuando Norman da el fundamento para no permitirles viajar por la galaxia y para imponerles su ayuda (“Su especie es autodestructiva, y por eso necesita nuestra ayuda”), Kirk le contesta: “Fallamos por ser humanos; es posible que esa palabra nos defina mejor”. No me queda claro cuál es “esa palabra”. Si es “humano”, es tautológico; si es “fallamos”, no. Sería una variante de Errar es humano (parece la premisa mayor de un silogismo que tiene por conclusión Tusam es humano).
   Pero tal vez lo que nos defina mejor no sea fallar, sino lo que usamos al fallar, que incluye sensibilidades imitables pero inexperimentables para los androides imaginados en 1967 y para las IA del 2023. No cualquier forma de fallar es humana; fallar no humanamente te delata más que no sangrar o no poder doblar el meñique.
   En algunos casos, ChatGPT tiene una estupidez inhumana; comete ciertos errores que ningún humano cometería (como un estudiante inicial de una lengua extranjera comete ciertos errores que ningún hablante nativo cometería). Esos errores no se deben a la falta de una sensibilidad para las emociones o para la sexualidad, como pueden deberse los de Spock y los de androides. Más bien parecen errores por falta de sentido común. O en todo caso: un humano que cometiera esos errores sufriría una falta grave de sentido común.

miércoles, 20 de septiembre de 2023

Entusiasmos XV 031 (9.1.0)




En la madrugada del 19/9/23 hice algunas supresiones y agregados a la sección 5 del ensayo. Agregué la grabación desincronizada del subte A haciendo colapsar a los androides, para ilustrar su vulnerabilidad a las falsedades, incluso una involuntaria como esa. En el otro agregado relevante, a las campanas y los huesos sumé nuestro ADN y su delicado «equilibrio entre la exactitud y errores en la reproducción».



[...]
   Toda falsedad es un reemplazo de una verdad por otra cosa; según por cuál, tenés un tipo u otro de falsedad. Aun sin saber qué son (qué dicen) A, B, C, D..., podemos saber que si A es cierto, anti-A es automáticamente falso, y viceversa; están veritativamente entrelazados. En cambio, con B, C, D... se verá en cada caso qué tan cerca o lejos están de A. Pueden estar en cualquier punto de su esfera de interacción semántica, excepto en las antípodas, que son exclusivas de anti-A.
   Una vez convenido cuál es el reverso para un anverso, si anti-A se hace pasar por A, estamos en el Reino del Revés, donde –me dijeron– ♪♫ nada el pájaro y vuela el pez ♫♪ (para citar dos inversiones hermanas, con bichos y locomociones intercambiados). Si A es cierto (ya sea vuela el pájaro o nada el pez), está cantado que anti-A es falso. Pero es falso en un grado preciso: 180°, el medio giro del contrasentido. La falsedad de una ilogicidad tipo b es una media vuelta de campana.
   El grado de falsedad es distinto si B (o C o D...) se hace pasar por A (y, por lo tanto, anti-B por anti-A, porque en rigor el reemplazo es de una esfera conceptual por otra). La gradación de este gato por liebre puede ir desde una falsedad sensata (la agonía de Harry Mudd, la traición de Uhura) a una arbitraria (ilogicidad tipo c), pasando por una insensata pero racional y razonante, lógica ("ilogicidad" tipo a), a diferencia de la falsedad de peces voladores o pájaros nadadores (quimeras tipo b). Por ejemplo: ves volar un pájaro y en vez de decir que vuela un pájaro (lo lógico y verdadero),
    decís que vuela un avión o Superman (te confundís, pero mandás algo lógico dentro de tu tecnología o de tu mitología);
    o decís que en ese cielo nada un pez o corre un carpincho (delirás, pero al menos seguís en un eje bicho~locomoción, como esos dos de María Elena Walsh pero consistente);
    o decís que eso son truenos celestes (te fuiste al carajo: mandaste algo arbitrariamente falso, una sinestesia de lógica diurna pero inaplicable al caso: un sinsentido).
   Revisemos la autopsia de los androides. Hay una condición preexistente que favorece la letalidad del síndrome de abstinencia inmediato. La lógica de esa “gigantesca y extraordinaria mente” es tan rígida y literal que les impide tomar lo ilógico de cada caso como prueba o indicio de su falsedad, lo que evitaría que les afectara (sólo creyéndolo verdadero les puede afectar lo ilógico).
   La rigidez desproporcionada es fragilidad; vuelve a los androides vulnerables –porque los vuelve ciegos– a las falsedades más evidentes, que no ven. Los haría sonar o colapsar hasta la falsedad involuntaria de la voz grabada que anuncia “Estación Plaza Miserere” cuando el subte está parando en Alberti. Tranquilo, máquina; sólo anda mal la grabación, no te pongas así...
   Demasiado crédulos para ser tan superiores. Si fueran humanos, diríamos que les falta sentido común. Nadie que tuviera el suficiente creería que performances sesentosas del 4513.3 son declaraciones juradas, y menos siendo tan absurdas, locas, irracionales y/o ilógicas.
   La lógica de los androides está lejos de la proporción más funcional de rigidez y flexibilidad, como la que debe tener la aleación de bronce y hierro de las campanas (o la de colágeno y calcio de los huesos) para que no se quiebren fácilmente. O como «el equilibrio entre exactitud y errores en la reproducción» de nuestro ADN: «Si hay demasiados errores, el organismo no puede funcionar; pero si hay demasiado pocos, lo que se sacrifica es la capacidad de adaptación» (Bill Bryson, Una breve historia de casi todo, Del Nuevo Extremo, Buenos Aires, 2007). El mismo sacrificio hacen los hiperlógicos androides y Spock. La primera escena del episodio termina con una discusión sobre esas proporciones, donde McCoy le dice a Spock que “para evaluar a un hombre no basta la lógica”, poco antes de que Norman tome el control de la nave y revele que es un androide:


   No soy quién para criticar la puntería que tuvo con Norman el detector de otredades McCoy, a pesar de que apuntó guiado por argumentos que “tienen muy graves defectos de orden lógico”. Puede parecer que también hizo un Homero, pero McCoy respondería que “para evaluar a un hombre no basta la lógica”: hace falta también la impresión, la intuición, la simpatía, o como gustes llamar al otro ingrediente de la aleación humana, del que carecen los no humanos (los androides y el vulcaniano Spock).
   Sin querer (pero dándose cuenta al terminar), McCoy describe la sociabilidad de Spock describiendo la del sospechoso Norman, que está a bordo hace 72 horas; más adelante, a los 14'01'', el emperador Mudd los igualará por la manera de hablar (“Spock, será feliz: aquí todos hablan a su estilo”). Y como ya vimos, en el contrapunto cerca del cercano al final del episodio, a los 44'15'', McCoy igualará explícitamente a Spock con los androides por sus “mentes muy parecidas a la suya: lógicas, sin emoción, por completo pragmáticas” (“de esa emoción humana no tengo el más mínimo conocimiento”, le responde Spock cuando McCoy lo supone triste por tener que partir, ya que “volverá a verse en medio de los ilógicos seres humanos”).